martes, 13 de diciembre de 2011

¿Adónde irán nuestros normalistas? Ayotzinapa, Guerrero.

¿Adónde irán nuestros normalistas? Ayotzinapa, Guerrero.

 

 de EZLN, el Martes, 13 de diciembre de 2011

 Abraham A Rasgado González

Recuerdo que cuando estaban reprimiendo la huelga de 1999-2000, que lideraba el Consejo General de Huelga de la Universidad Nacional Autónoma de México, al mismo tiempo, estaban atacando a la Escuela Normal “Luis Villarreal” de El Mexe, Hidalgo.
Recuerdo a los estudiantes de la UNAM tratados como delincuentes por llevar a cabo una de las luchas más importantes que se hayan dado a favor de la educación pública en nuestro país. Recuerdo a estudiantes y padres de familia de El Mexe, enfurecidos, enfrentarse a los policías que habían sido enviados para reprimirlos. Lo recuerdo. Y también recuerdo la embestida que, en 2003, se perpetró contra la Normal Rural de Mactumatczá, Chiapas. La finalidad era cerrarlas. Y las dos terminaron por ser transformadas en algo muy ajeno al proyecto de educación para el que fueron creadas.
Después, comenzaron a surgirme las preguntas. ¿Qué eran esas normales rurales?, ¿por qué tanto ensañamiento contra ellas?
Todos conocemos la versión que se maneja sobre el impulso que dio Lázaro Cárdenas del Río al tipo de educación socialista en México. Una educación para formar a jóvenes hijos del campo, hijos de la pobreza y la ruralidad, que regresarían a sus comunidades a participar en su desarrollo (enseñar a leer y a escribir, y a demás, mejorar las técnicas agrícolas).
Es cierto, este modelo educativo surgió de los fervores de la Revolución Mexicana. De un anhelo de justicia social para el campo, para los hijos de los campesinos. José Vasconcelos, primer titular de la Secretaría de Educación Pública (1921), da un fuerte impulso al crear las escuelas centrales agrícolas. En 1922, se crea la primera Escuela Normal Regional, en Tacámbaro, Michoacán. En 1926 toman el nombre con el que se les conocerá hasta hoy: normales rurales.
El 1968 ya existían 29 de ellas, cuando se desata la revolución estudiantil de ese emblemático año. En 1969, Gustavo Díaz Ordaz, decide cerrar quince. Alegó públicamente falta de presupuesto. En realidad, pensaba, las normales rurales se habían vuelto “nido de comunistas”, “cuna de guerrilleros”.
Ante la fragilidad política, el tiranía gobernante.
Las escuelas normales rurales se han convertido en la conciencia crítica de este país: juventud, ideales, formación política, contactos con la lacerante realidad; todo ello hace que los estudiantes y egresados de estas escuelas, tomen bandera a favor de los que abajo esperan siempre. De los que se han cansado de padecer la historia.
Así, las normales rurales de México, albergan en su seno a la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, la FECSM, una organización semi-clandestina (ya que, como se dice, sus carteras son conocidas, pero los nombres de quienes las ocupan se guardan celosamente), la más antigua agrupación estudiantil, fundada el 18 de junio de 1935 en la Escuela Normal Regional Campesina de Roque, Guanajuato, debido a numerosas expulsiones y desapariciones de alumnos de diversas escuelas. Esta federación “democrática, combativa y revolucionaria”, de doctrina marxista-leninista, es la columna vertebral de la organización estudiantil de las normales rurales.
Desde sus primeras huelgas en 1940, se los empezó a tildar de comunistas (como una forma de descalificarlos). Pero desde ese entonces hasta hoy, sus demandas siempre han sido las mismas: un manejo honesto del presupuesto asignado a sus centros educativos, mejoras en las condiciones de estudio en los internados (porque funcionan como internados, que, como dice mi gran maestro, egresado normalista rural, el profesor y abogado Raciel Garrido Maldonado, es un sistema que en verdad brinda la mejor oportunidad de estudio a los muchachos, ya que su techo y su comida, por lo menos, están garantizados, y su única ocupación será estudiar), en las aulas, reparación de las escuelas, dotación de equipo, y hoy en día, se han agregado el aumento o por lo menos el mantenimiento de la matrícula, y el otorgamiento de plazas a los maestros titulados, a las cuales tienen derecho.
Y por eso se ensañan con ellos.
Porque su voz, porque su mirada, porque su proclama, porque sus rostros, desnudan de una vez y para siempre a los que hambrean a un país ya de por sí golpeado. Porque sus conciencias descubren el verdadero semblante de quienes lucran con la miseria de México. Porque no pueden dialogar con ellos. Porque las “razones” de ellos, de los que siempre mienten, se pierden, se desvanecen en el aire apenas pronunciadas. Y por eso su lenguaje es una bala que cegará una vida. Joven vida.
Hoy, a través de las redes sociales, como un golpe, me llegó una fotografía de un muchacho estudiante de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”, de Ayotzinapa, Guerrero, que yacía sobre el asfalto, ensangrentado, inerte. Cobardemente asesinado por un policía que fue instruido para darle la lección de su vida a estos muchachos. Y lo logró: mató no sólo a uno, sino a dos y a tres. ¿Qué se hace?, ¿qué se dice ante eso? ¿Basta sólo con escribir un artículo “urgente”?, ¿basta sólo con nombrar mi indignación?
No basta, pero es necesario.

En estos días, he estado leyendo un excelente libro de una periodista mexicana, egresada de la Universidad Autónoma Metropolitana, Laura Castellanos. El libro se llama México armado: 1943-1981. Una historia profundamente documentada y bien narrada de los movimientos armados en nuestro país: desde los jaramillistas hasta la formación de las Fuerzas de Liberación Nacional. Y leía la forma en que dos egresados de la normal de Ayotzinapa, Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas, resolvieron, después de luchar por donde dicen las buenas conciencias que hay que luchar primero, “irse al monte”.
            Dos matanzas precipitaron su decisión. Genaro, en 1962, al participar en una protesta poselectoral en Iguala, Guerrero, intentaron detenerlo y el pueblo al que acompañaba cubrió su retirada: ocho muertos. Lucio, por la matanza de Atoyac en 1967, en la cual mueren cinco personas, y que da origen al emblemático Partido de los Pobres y a su brazo armado, la Brigada Campesina de Ajusticiamiento. (Un suceso magistralmente contado también por Carlos Montemayor en su inmortal Guerra en el paraíso.)
            No es que a los estudiantes se les instruya, se les forme, para ser guerrilleros, para volverse subversivos. A los estudiantes normalistas se les educa con un sentido crítico implacable; luego, vuelven a la tremenda realidad a confrontarse con las miserias de un sistema que niega todo a todos. Alzan la voz. Contestan a sangre y fuego desde el poder. ¿Qué salida les queda?, ¿adónde dirigir sus afanes?
Hoy tres vidas han sido cegadas por un Estado que ha naufragado y que sólo se dedica a vengar su derrota. Indefensos, los estudiantes, con sus cuerpos como escudos, reciben esa impotencia, esa ineficacia, esa ineptitud convertida en violencia.
            Allí está la foto, mirándonos a la cara, esperando qué vamos a decir, y más, qué vamos a hacer por ellos. La imagen sigue desgarrando el alma. Un proyecto de nación, un proyecto educativo, queriendo ser callado con más sangre y con más fuego. Es como ver los sueños de nuestros abuelos tirados en ese asfalto ensangrentado. Es como ver el sueño de mi madre depreciado, ninguneado, convertido en nada. De nada sirvió esa historia, nos dicen. ¿La función debe continuar?
Que no nos extrañe que de las normales huyan estudiantes y en la selva los pasos dejen huellas de más jóvenes desilusionados y esperanzados en un mejor mañana.

República Zapoteca de Tehuantepec, diciembre 13 de 2011, 0322.

No hay comentarios: